Víctor Schillaci denunció que un guardia ordenó matarlo: «Si aparezco asesinado, ya saben quién fue»

El protagonista de la fuga de General Alvear, condenado a perpetua por el triple crimen de la efedrina, acusó a un guardia de pedirle diez mil pesos por mes a cambio de seguridad

«Si me matan, ya saben quién fue», dice Víctor Schillaci a su abogada desde un teléfono público del Complejo Penitenciario Federal de Ezeiza Número 1. Allí purga condena perpetua por el triple crimen de la efedrina y otras penas por la triple fuga de General Alvear.

Schillaci denunció el 24 de enero ante el Juzgado Federal Número 1 de Lomas de Zamora que un guardia le pidió diez mil pesos por mes por su seguridad.

«Como le dije que no le iba pagar, le dio un fierro a un detenido de apellido Calvo para que me mate. Este muchacho me contó todo», revela.

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Schillaci se hizo conocido el 27 de diciembre de 2015. Ese día se fugó de la cárcel bonaerense de General Alvear junto a los hermanos Martín y Cristian Lanatta.

Durante dos semanas estuvieron a la deriva, pero armados. Desde Buenos Aires y hasta Santa Fe, robaron autos, camionetas, tomaron rehenes y se tirotearon con gendarmes y policías. Los detuvieron el 11 de enero de 2016, después de una cacería de la que participaron 1000 policías.

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Infobae accedió a los dos audios con la denuncia: «Los grabó mi abogada en su teléfono por si aparezco muerto».

Audio 1: «Estoy mal. Estoy asustado, escuchame una cosa, me llamó Vargas, el nuevo jefe del módulo de ingreso B, que viene del módulo 5, y me mandó a pedir diez mil pesos. Está mangueando a todos, pero yo no le quise dar. No le voy a dar. Y entonces llamó a otro pibe y le dio un fierro (faca) para que me mate. El pibe se llama Calvo. Quisieron negociar pero yo no tengo plata. Esto fue el viernes. Están enojados, me dicen que me van a hacer callar sí o sí. En un rato no sé qué quilombo va a haber. Hoy se enteraron de que estoy por hacer la denuncia. Y van a venir a requisa a cagar a palos. Si me llegan a matar que se haga cargo esa gente, si me llego a morir que se hagan cargo».

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Audio 2: «Estoy mal. Llamá a los medios para sacar los audios y todo eso. Ahora me tiraron en una celda sin agua ni colchón. La 104 del HPC, creo que es. Llevale los diez mil pesos al director, a ese Vargas, se los voy a dar y listo. Hice denuncia por corrupción y en vez de meterlo preso a ese sinvergüenza me verduguean a mí. Por favor llevale los diez mil pesos».

Su abogada Stella Maris Rizzo presentó un recurso de habeas corpus en el que denuncia que su defendido «se encuentra en peores condiciones de detención, en una celda inundada, sin agua para beber y con un colchón inutilizable».

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«Se está investigando lo que dice el interno, pero hasta ahora no hay elementos que lleven a fortalecer su relato», dijo a Infobae una fuente penitenciaria.

Este año no empezó bien para Schillaci. Pero el anterior tampoco fue bueno para su situación judicial. En 2018, los tres ex fugados recibieron dos condenas. El 1 de octubre, el Tribunal Oral en lo Criminal N° 1 de La Plata, a cargo del juez Juan José Ruiz, condenó a los Lanatta y Schillaci asiete años y seis meses de prisión por la fuga de General Alvear. El 19 de noviembre fueron condenados a ocho años por el tiroteo con los gendarmes de Santa Fe. Aún les quedan dos juicios más.

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La primera condena que recibieron fue el 21 de diciembre de 2012, cuando les dictaron la pena perpetua por los crímenes mafiosos de Forza, Ferrón y Bina.

Un ladrón con antecedentes

Lo primero que conocí de Víctor Schillaci fue su voz.
Hace casi tres años, una tarde me llamó a mi celular –se lo había pedido a Lanatta- para hacer un anuncio:

—No me dejan ver a mi hijita. Mi esposa la trajo pero estas basuras no la dejan pasar. Si no la puedo ver me voy a prender fuego.

—Tranquilo —traté de calmarlo, pero no me dejó terminar la frase.

—Tranquilo nada. Me voy a prender fuego. Se va a armar un quilombo bárbaro. Vos no me conocés. Si digo que me voy a prender fuego, lo voy a hacer. Si lo publicás, me harías un favor.

Cortó la llamada y escribí una breve nota que publiqué en una página web. «Schillaci amenazó con prenderse fuego». La nota llegó hasta las autoridades de Ezeiza y Schillaci, por entonces de 37 años, fue atendido por un psiquiatra y un psicólogo del sector Prisma de Ezeiza. Finalmente pudo ver a su hija.

A los dos días, me volvió a llamar. Su voz estaba más serena:

—Gracias, la nota me sirvió. Venite un domingo de estos a tomar unos mates.

Para los jueces que lo condenaron, Schillaci había sido parte de la patota de sicarios que le había tendido una trampa a Forza y a sus socios. Además de haber estado en General Rodríguez en la madrugada en la que ocurrieron los crímenes –la antena de su celular permite rastrearlo hasta ahí-, a Schillaci le adjudican haber dicho en una fiesta: «Yo soy uno de los que se cargó a los tipos de la efedrina». Lo declaró un testigo que después se desdijo.

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En la fuga, Schillaci fue el piloto del trío. Fanático de los autos, su sueño era ser piloto de Rally o de TC 2000.

—Pero fui ladrón. Anotá bien: ladrón, no asesino ni violador.

Eso me dijo Schillaci el día que lo fui a ver a Ezeiza. Estaba en el pabellón de ingreso, a unos cincuenta metros del lugar de detención de Lanatta. Nos encontramos en una sala de visitas en la que otros presos comían y hablaban con sus familiares. Schillaci estaba más tranquilo: al fin había podido ver a los suyos.

Un día después de fugarse había sido padre de Isabella. Es decir que mientras su mujer, Mónica, sostenía en brazos por primera vez a la beba, él se ocultaba en una trinchera armado hasta los dientes.

—Te voy a contar algo que solo sabe mi esposa: los Lanatta me querían disfrazar de médico para llevarme a la clínica a ver a mi hija. Estuvimos a punto de hacerlo, pero como por radio nos enteramos de que había periodistas, dimos marcha atrás. Martín te lo debe haber dicho, pero lo digo yo también: nos abrieron la puerta de la cárcel. Salimos y quedamos a la deriva. Ni guita teníamos. Solo teníamos las camionetas que íbamos robando, seis pelotas gigantes y setecientas balas.

—¿No tenían ningún plan?

—Donde veíamos rastros de vida, les caíamos. Lo único que queríamos era sobrevivir. En un momento pensamos en copar una comisaría y venir para Buenos Aires. ¿Te imaginás a los tres armados como Rambo en la 9 de Julio? Ni el Obelisco hubiese quedado en pie. No, no iba a ser así.

—No, no lo imagino.

—Tampoco imaginás que anduve por la calle cuando nuestras jetas salían en todos los canales de televisión. Caminé por la peatonal de Santa Fe como uno más, con lentes de sol, bermudas y la bici del ingeniero a la par. En un negocio de electrodomésticos la gente se amuchó a ver la tele. No jugaba Messi. Miraban cómo la cana hacía allanamientos al pedo. Me puse a ver con ellos. Los canas corrían, entraban en un aserradero, algunos iban con ojotas. La placa de Crónica decía: «Los prófugos son más duros de matar que Bruce Willis». La gente se agarraba la cabeza. Yo dije: «Qué hijos de puta estos tipos, hay que meterles bala». «Muy bien», dijo un viejo, «bien dicho». Una chica hermosa, que llevaba shortcito, me miró con odio y me dijo: «Sos un negro facho». Sonreí y seguí camino. Entré en una farmacia para comprarle el remedio de la presión que necesitaba Martín.

—¿Y después?

—Después me metí en una librería y al final en la ferretería a comprar la sirena para el móvil trucho de Gendarmería. Tenían la tele con el tema nuestro. Nadie me reconoció. Pueden empapelar la calle con la cara de una persona. Y te subís al subte y esa persona se te pone al lado, y no la reconocés. Cada cual está en su mambo.

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Schillaci tiene antecedentes por robo de autos y asaltos. Aprendió el oficio cuando pasaba horas en el taller mecánico de su padre en Berazategui. Allí conoció a dos ladrones que llevaban su auto a arreglar y se la pasaban hablando de sus golpes. Un día, uno de ellos contó cómo hacía para robar vehículos en diez segundos. Schillaci parecía un alumno silencioso que tomaba nota mentalmente. Veía como ese hampón ejemplificaba la forma de abrir un coche con una barreta. Para ciertos miembros del hampa, el taller mecánico era un punto de reunión para planear robos, esconder armas o botines en la fosa o desguazar un trucho, como se le llama en el submundo del hampa a un auto robado.

Llegó a ver a esos ladrones disparándole a una caja fuerte para abrirla. Años después, recordaría ese momento cuando vio la escena de Por un puñado de dólares, con Clint Eastwood y Gian Maria Volonté, en la que una banda de forajidos balean en ronda una caja fuerte que nadie puede abrir. Schillaci es un cinéfilo. Siempre ve películas de robos.

—Te va a parecer que estoy chiflado, pero me encantaba ponerme una máscara y andar en auto, a doscientos por hora. Una vez robé con la careta de Menem y el tipo me dijo que por lo menos me hubiera puesto la de Alfonsín, porque era radical —recuerda.

Según él, la mayoría de los robos fueron escruches, es decir, entró en casas en ausencia de sus ocupantes. Jura que en eso era un experto.Que era capaz de sentir a media cuadra si la casa o el departamento estaba vacío.

—Me agarraba algo en el cuerpo, como una sensación fea. Ahí pegaba la vuelta y me iba. Lo mismo me pasa cuando veo una lechuza. Eso es señal de que me va a ir mal. Una vez vi una después de robar y me agarró la cana. Otra vuelta vi una que me miró fijo y cuando quise robar un auto no pude. Y en la fuga lo mismo: antes de volcar la camioneta se me apareció una lechuza. Es raro porque los Lanatta no la vieron. Hay ladrones místicos que van a ver a las brujas antes de robar. Nunca lo hice, pero siempre me dejé llevar por los pálpitos.

Por estos días, a Schillaci le volvieron los malos pálpitos. No huele nada bueno.

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